Sombras de la caverna. CINNABARIS RECENS

            Hay unas horas tristes en los mercados urbanos de alimentación: se encuentran al final de la jornada, cuando, ya vacíos de público y con sus puestos de venta desnudos o cerrados, grupos de personas provistas de botas de agua, impermeables, escobas y mangueras, barren y baldean todo lo desechable que se ha acumulado a lo largo de la mañana. Restos vegetales y de otros organismos son arrojados en cubos y camiones de basura.

            El Mercado Central de Valencia, tan singular y atractivo en plena actividad, lleva ya muchos decenios cumpliendo este ciclo diario. Si se pasa por sus alrededores a esas horas tristes, especialmente por la parte recayente a la avenida Barón de Cárcer, es oportuno desviar la mirada y acelerar el paso, porque el espectáculo produce una sensación de desamparo ajeno, mezclada con algo que los sentidos desean poner fuera de su alcance: la vista y el olfato se mueven entre la compasión y el rechazo ante esos resto como amputados brutalmente de los productos que los incorporaban.

            Y es que siempre dan un poco de pena las cosas desechable, las cosas eliminadas por un concepto aleatorio de su utilidad o de su rendimiento…, en parte porque no se puede evitar una cierta empatía con ellas y en parte, quizá, porque tampoco se puede dejar de temer la llegada de esos momentos en los que uno mismo podría convertirse, o se ha convertido ya, en lo rechazado, en lo desechado. Eso de lo que nadie está a salvo en ningún entorno, en ningún tiempo ni lugar.

            Es curioso que desde este pasado jueves y hasta fin de mes, en esa misma avenida, en la Galería Punto (que también lleva decenios convertida en una referencia para un mercado muy diferente al de la alimentación), puedan verse unos cuadros que se han basado en esos despreciados residuos de los que hablaba al principio para constituirse en productos de singular belleza, de una paradójica y límpida belleza, eso que admite tantas interpretaciones pero que encuentra en estas obras una de las más sólidas y sugerentes.

            Y puede que las razones comentadas más arriba sean las que hacen difícil evitar una cierta solidaridad con lo retratado en esta muestra.

            La exposición se titula “Cinnabaris Recens”, y en ella, su autora, María José Marco, ha transformado esos residuos en arte. Para ser observados en lugar de eludidos. Como una reivindicación que le era debida.

            He repetido esa palabra, “residuos”, porque alguien denominó “Estética Residual” a las creaciones adscritas a este género. Pero los sustantivos y adjetivos están de más ante algo que permite cualquier denominación; ante algo que ayuda a comprender cosas que ya se comprendían peri no se sabía verbalizar; y cuando se descubre que siempre es mejor dejarlas en su propio misterio: quedarse en silencio y que la mirada hable.

            Aunque en estas pinturas el espectador también tiene que ser muy activo, pues en la acción de observarlas construye una realidad tan sólida como esa otra a la que solemos llamar así, y que a menudo resulta tan poco fiable. Estos cuadros esperan su público para que cada cual interprete con su visión lo que nos representan, y le pongan nombre propio.

            Pero aquí se hace complicado hablar de cualquier artista y su obra si se quieren eludir todos los tópicos, lugares comunes, frases hechas, … Y doblemente complicado si también se quiere evitar el descarado panegírico cuando, como sucede en este caso, hay amistas de por medio. Esto ultimo suele callarse para no dar impresión de parcialidad.

            Sin embargo, cuando se trata de alguien cuyos cuadros forman parte de colecciones como la del Colegio de España en París o la del Museo de Arte Contemporáneo de Vilafamés, nadie necesita demasiadas coartadas para justificar sus impresiones.

            La primera de ellas quizá sea la de que, al mirar sus imágenes, uno siente que puede entrarles por algún resquicio, sin darse cuenta de que ya está dentro, de que es la pintura quien le absorbe, y no al contrario. Por eso, la conciencia sensible puede dejarse caer en su interior, en su vida detenida, reposar en esa quietud que es como un lugar de consuelo y confort…, y, luego, salir como si algo se le hubiera restablecido.

            Pero también algo inquieta en estos cuadros, algo que puede resultar estremecedor discurre por ellos: algo que sugiere profundidades abisales, corrientes de lava… Hay obras que, por la plenitud y hondura de su rojo impenetrable, nos acercan a un barroco tenebrista. Otras, en cuyo verde se insinúa la fluorescencia de recónditas y livianas plantas acuáticas. También, las que su multiplicidad tonal parece conducir al vértigo de unas cavernas atractivas por insondables…

            Y no se trata de rellenar un comentario sobre arte con vana retórica, como tantas veces ocurre, sino porque en esta exposición asoman esas sensaciones. Y muchas otras. Asociaciones tan legítimas como las que pueda establecer cualquiera, porque nadie se quedará sin encontrar aquí más de lo que sea capaz de definir, ni siquiera de nombrar.

            Para conseguirlo basta con disponer de eso tan preciado que es la capacidad de sorprenderse y la docilidad para dejarse llevar. Porque estas imágenes, como todas las que detienen la mirada, encierran secretos. Y en su indecisión entre lo figurativo y lo abstracto, hacen obvio que siempre se parte de elementos figurativos para llegar a la abstracción.

            En fin… hay gente-¿afortunada?- que puede transitar por su existencia sin necesidad de incorporarle ninguna actividad creativa. A otros les cuesta mucho moverse por el mundo sin añadirle algo propio, eso que no existiría si ellos no le hubieran dado forma.

            María José Marco pertenece sin duda a estos últimos. Y es muy aconsejable ver lo que nos regalan sus cuadros, ver la indefinible belleza (en cualquiera de sus significados) que encierran.

Javier Sartí