María José Marco en IberCaja

            Desde el once de Febrero y hasta el siete de Marzo permanecerá abierta al público en la sala de IberCaja una exposición de lienzos que, reflexionando en torno al paisaje, le crecieron a María José Marco.

            A menudo las circunstancias más alejadas de la obra en sí pueden confabularse para que la disfrutemos con un plus de intensidad. Les cuento, por dos veces me encaminé (esta bien, cogí el 81) al edificio que IberCaja tiene en Barón de Cárcer con la intención de reencontrarme con sus naturalezas ensimismadas. Ambas, por motivos de confusión en las fechas o en el horario de visita, tuve que resignarme a volver y a esperar (a propósito el horario es de martes a viernes de 19 a 21 h.). Cuando los restos de la tercera tarde se congelaban en la calle, yo baje las escaleras que conducen al silencio, y agradecí la demora. Los que ya tuvieron la oportunidad de disfrutarla en una exposición colectiva organizada en RENFE el año pasado, entenderán que hable de un placentero reencuentro. Ya entonces, sus composiciones se desmarcaban del resto, ofreciendo una particular forma de ver y sentir el hecho del paisaje, serena y presta al encuentro no ya contemplativo, sino lúdico. Descifrar los mensajes que ella condensó en cada gota de acrílico es un reto aguijoneante, poner nombre a los elementos de cada lienzo, descomponer los miembros vegetales de cada propuesta se convierte en una espiral envolvente. Las ramitas, los árboles, el amarillo-ocre-espiga-natillas-arena-ocaso-sol de tantas obras llega a ser el estribillo, base del entramado significativo, un punto del que partir y al que necesariamente se nos devuelve. La primera vez que ví una de sus obras, pensé en lo cercana que me sentía a esta mujer de gustos sencillos, encadenada a los detalles y a las tonalidades más calidas, para después llenarlas de rascados, de sombras (El paisaje de lo nuevo, 1997) en un intento de metáforas a-normativas (Un, dos, tres… 1997). Sus texturas entre lo cristalino y lo hirsuto, obligan a una mirada táctil, a extender los sentidos hasta limites recién inventados. Ella no le puso título, pero nosotras sí, sucedió de pronto, las dos hojas que ocupan el centro de la mirada se revelan eje y secreto, rodeadas de montículos sonrosados, coronados con una gota de miel cristalina, 26 senos oscuros se repiten, rimando, alrededor de ese centro delicado como hojas tiernas, como papel de pergamino quebradizo, defendiéndose de la agresión, de la curiosidad y el vicio incorregible de la irada creadora de sentido. Lo titulamos, que ella nos perdone: Trece mujeres tendidas.

            Aprovechen que los materiales del arte no pueden acotarse, ni poseerse, encuentren su propio sentido a las propuestas de María José, y guárdense para otras tardes, toda la delicada armonía de sus tropos visuales.

 

Yolanda Cañada.